La equidistancia entre el Éxito y el Fracaso

La mayoría de las veces que he planteado mi inquietud por emprender o se lo he propuesto como salida a algún conocido, con buenas cualidades y una buena idea, siempre me han transmitido lo mismo y es el miedo al fracaso.

A la hora de emprender o empezar un proyecto de cero es fundamental ser optimista y pensar de forma positiva.

En este sentido, a veces necesitamos mecanismos que nos ayuden a construir pensamientos positivos y a esto me refiero cuando hablo de la equidistancia entre el éxito y el fracaso. Probablemente no se pueda considerar un pensamiento estrictamente positivo pero, como poco, me ayuda a no visualizar el fracaso a la vuelta de la esquina y el éxito tan lejos que prácticamente sea algo inalcanzable.

Siguiendo el principio de términos opuestos, se trata de pensar que si desde punto de partida al éxito hay una distancia x, desde el punto de partida al fracaso tiene que haber la misma.

Otra forma de verlo es que el éxito exige dar varios pasos de forma correcta y, por tanto, el fracaso también exige dar varios pasos, pero en este caso de forma incorrecta. Ambos razonamientos me llevan a la misma conclusión, y es que no existen más probabilidades de fracasar que de triunfar.

Uno de los motivos por los que el miedo al fracaso es tan generalizado es cultural; vivimos en una sociedad con una concepción muy negativa acerca del miedo, y es algo con lo que no estoy en absoluto de acuerdo. Desde mi punto de vista el miedo controlado nos ayuda a estar alerta y a no subestimar.

Otra cosa es cuando no podemos controlarlo y es él el que se adueña de nosotros. Esta situación es la preocupante pero, en este caso, debemos dejar de hablar de miedo para hablar de pánico. El pánico es el que realmente nos bloquea y nos paraliza imposibilitándonos tomar decisiones.

Si de forma regular, al menor contratiempo, te suele entrar el pánico esa es una buena señal que te indica que emprender puede que no sea tu mejor salida. Si por el contrario, sientes miedo pero lo dominas, no dudes que éste te ayudará a tomar mejores decisiones.

A veces pienso que nos rodea tanto miedo que, el simple hecho de intentarlo, ya es un premio.

¿Qué podemos aprender de un fracaso?

Estos días estivales nos suelen servir para hacer balance de cómo ha ido el año. Como ha sido difícil para la mayoría, me gustaría tener un recuerdo para todos aquellos emprendedores que han visto sus proyectos fracasar. Sobre todo para aquellos a los que su aventura les ha llevado a una situación economía crítica. Aunque sirva de poco, mi más sincero apoyo y admiración.

En una situación así, posiblemente no es buen momento para animar a nadie a volver a intentarlo. Ni muchísimo menos esa es mi intención. Pero si me gustaría hacer ver que, justamente, de los fracasos se aprende más que de los éxitos y que, aunque en los primeros momentos sentirse deprimido es lo más normal, se puede ver el vaso medio lleno y conseguir que el defecto se convierta en virtud. La realidad es que el fracaso le concede un bagaje importante al emprendedor.

Socialmente tenemos alergia a la palabra fracaso pero, si se quiere aprender algo de los malos momentos, a las cosas hay que llamarlas por su nombre y no intentar enmascararlas con eufemismos.

Para lo primero que le tiene que servir el fracaso al emprendedor es para conocerse mejor. Con respecto a esto, Rafael Galán y Javier Escudero en su libro El error positivo hacen referencia a las conclusiones de un estudio sobre cómo evalúa el ser humano los errores (que son los que nos llevan al fracaso). Fue realizado en el 2007 por los psicólogos estadounidenses, Lisa Blackwell y Kali H. Trzesnieswski.

En sus investigaciones demostraron que las personas que mejor desempeñan sus funciones no pierden el tiempo rumiando sus fallos, sino que buscan la forma de resolver los problemas y las estrategias a seguir para que no les vuelva a ocurrir.

A la hora de aprender, concluyeron que hay dos tipos de personas: aquellas cuya confianza en sí mismos se viene abajo con los errores, porque los atribuyen a una falta de habilidad y evitan los retos porque en ellos es habitual cometerlos, y aquellas personas que creen que los errores ofrecen oportunidades, que quieren aprender por encima de cualquier otra cosa, y creen que si trabajan más consiguen más.

Para lo segundo que nos puede servir es para reforzar nuestro carácter. En mi post Cualidades para superar cualquier crisis, hablé del carácter como la cualidad que nos permite ser perseverantes ante los obstáculos y de que no debemos tener miedo a afrontar nuevos retos, pues nuestro carácter viene marcado por las veces que nos hemos sabido levantar.

En definitiva, reitero lo dicho anteriormente, no es mi intención animar a nadie a que vuelva a intentarlo, no me atrevo. Pero si creo que es positivo compartir las experiencias. Por eso sí animo a compartir los malos finales. No sólo se tiene que aprender de los errores propios, también se puede aprender de los ajenos, aunque esto suponga un gran esfuerzo, pues a nadie le gusta reconocer que se ha equivocado.

Emprender nunca puede ser una mala decisión (pase lo que pase)

En Puro marketing he podido leer un artículo de Jordi Valls titulado Emprender puede ser una decisión fatal y, aunque tiene toda la razón en sus argumentos, siento no estar de acuerdo con una visión tan pesimista del mundo de la creación de empresas.

No defiendo que haya que ocultar la realidad; no es sencillo montar una empresa, pero ¿qué hay fácil en la vida?
Durante la lectura me acordé de una frase que leí en el libro de Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña Ha llegado la hora de montar tu empresa, que decía que fracasar pronto es el primer paso para tener éxito rápidamente.

Esta frase debería estar en el decálogo filosófico de todo emprendedor, pero esto choca con la percepción social que hay sobre el fracaso. La psicología moderna nos ha enseñado que el carácter de una persona no viene determinado al 100% por sus genes, sino que, en su mayoría, está influido por el entorno social que habita. Aquí tocamos hueso. Somos una sociedad muy pesimista en este sentido y penalizamos mucho el fracaso.

La situación opuesta se da en los Estados Unidos, donde las empresas de capital riesgo no invierten un dólar en proyectos en los que sus emprendedores no hayan fracasado en alguna ocasión. Igualito que en España.

En un post anterior daba la receta de las cualidades que debe tener todo emprendedor: sentido común, sensibilidad y determinación. Más gente de la que podamos pensar posee estas cualidades. Por ejemplo, creo sinceramente que la gran mayoría de los compañeros de trabajo que he tenido la fortuna de tener, están perfectamente cualificados para montar con éxito una empresa y, sin embargo, para la gran mayoría de ellos es una opción que no existe.

Así que, sin negar la realidad y las dificultades del camino, mi consejo es cabeza fría y corazón caliente y a intentarlo, que no hay peor sensación que la de preguntarse qué hubiera pasado si…